La resiliencia, un mecanismo de sobrevivencia

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Cuántas veces no hemos escuchado esa palabra, sobre todo en los últimos veinte años, lo que el nuevo siglo tiene de vida. El concepto no es nuevo, sí lo es su aplicación en la psicología positiva. La resiliencia es flexibilidad, es ese bambú del que nos habla el budismo, que se dobla pero no se rompe ante las embestidas del entorno.

Y precisamente esta metáfora del bambú puede ayudarnos a entender de qué se trata este concepto, qué significa la resiliencia y qué podemos hacer para ser resilientes ante los problemas que se nos presentan.

¿Qué es la resiliencia?

Empecemos por lo más obvio y básico, la etimología. Esta palabra proviene del latín resilio, que significa rebotar, volver atrás, y el sufijo re que indica repetición. Volver una y otra vez al mismo sitio. Desde la física se nos dice que es la propiedad que tiene el acero para volver a su forma inicial incluso con los golpes que recibe. Es decir, a pesar de los golpes que recibimos, gracias a la capacidad de la resiliencia, podemos volver a sentirnos bien.

Resilio, a su vez, viene de saliere, que podría significar algo así como surgir, ser repelido, rebotar (otra vez). Desde la psicología se aplicó el término a la capacidad humana de superar las adversidades y los problemas, por graves que fuesen. No es algo genético o hereditario, no es algo con lo que se nace. La resiliencia se construye día a día, es algo que todos podemos desarrollar. Una buena noticia, sin duda.

En este sentido, los estudios psicológicos han demostrado que cuando las personas se sobreponen a situaciones devastadoras o en extremo estresantes, es más vinculante hablar de “procesos resilientes” que de resiliencia a secas. ¿Por qué este cambio? Porque la resiliencia se ve no tanto como una capacidad (adquirida o no), sino más bien como un proceso que abarca infinidad de otros factores, que serían, por ejemplo, la familia, la situación económica, el entorno, el grupo de amistades que se tenga y, claro, la propia persona y sus propias habilidades y fortalezas.

Desde la psicología, por tanto, se prefiere hablar del “proceso resiliente” que la persona ha llevado a cabo: cómo, ayudada por su familia o su grupo de amigos, logró enfrentar y superar determinada situación, por poner un ejemplo.

Otro factor importante en estos procesos es el aprendizaje obtenido. La persona resiliente se pregunta siempre “¿cómo salgo de esto? ¿Cómo hago?”, y ve las adversidades no como obstáculos insalvables predestinados a hacerle la vida un infierno, sino como posibilidades de crecimiento. Porque la resiliencia no sólo es superar el trauma, es aprender de él y salir más fuerte.

La resiliencia un mecanismo de sobrevivencia

No significa de ninguna manera que la persona resiliente no sienta dolor, debilidad, frustración, rabia. Tan sólo significa que decide ver su vida de otro modo y actuar de forma positiva, lo cual no le impide ser realista con respecto a sus limitaciones. Es decir, no es un romántico optimista, sino alguien que se conoce y sabe hasta dónde puede llegar.

También conlleva una dosis alta de adaptación a los cambios, a los imprevistos de la vida. Esto es algo que en particular puede amargarnos la existencia, los altibajos económicos, los vaivenes amorosos, las enfermedades, temporales o no, las migraciones, tan llenas siempre de dolor por lo que se dejó atrás y por la incertidumbre futura. El signo de la existencia es el cambio. Si entendemos que cambiar es lo único seguro, entonces habremos dado un paso más allá en el proceso resiliente.

La resiliencia un mecanismo de sobrevivencia

Esto nos lleva a un siguiente punto:

¿Qué rasgos poseen las personas resilientes?

Aunque no podamos hablar de la resiliencia como algo innato en las personas, sí se pueden reconocer ciertos rasgos que tienen en común quienes superan las adversidades:

  • Saben cuál es el problema y se conocen a sí mismas

Han hecho un buen trabajo de introspección, y saben cuáles son sus debilidades y sus fortalezas. Se enfocan más en estas últimas pero no descuidan las primeras. Pueden determinar el grado de su propia responsabilidad y reparar en lo posible la situación.

Pero la introspección no es algo a lo que hayan llegado gratuitamente, durante la mala racha han aprendido a escucharse a sí mismas, a observarse como “desde fuera”, y eso otorga una capacidad de autoestudio inestimable. No se juzgan con demasiada dureza o inflexibilidad, se saben humanas. Pero también fuertes.

  • Tener un propósito

Se dice tan fácil, “tener un propósito”. Muchas veces sabemos de primera mano lo difícil que puede ser encontrar ese propósito en nuestra vida. Sin embargo, las personas resilientes saben que el sentido a sus vidas se lo dan ellas mismas, es reconocer que dentro de sí vive la inteligencia superior que les da el aliento, y que a pesar de todo vale la pena vivir.

Algo en común en este aspecto es que muchos deciden ayudar a otros, el servicio a los demás puede ser ese propósito. Y no tiene nada que ver con ninguna religión, sólo con el impulso de hacer del mundo un lugar más vivible para todos.

  • Autocontrol y calma

Todas las personas resilientes son capaces de aprender a reconocer sus emociones y de manejarlas de forma inteligente. Eso no significa que, como dijimos más arriba, no sientan ira o desesperación o tristeza. Las sienten pero llegado el momento pueden controlarlas. Una vez que pasa la explosión emocional, el desahogo, vuelven a la introspección.

Así regulan sus emociones, y así viene la aceptación. Conocen lo que sienten, se aceptan y pueden en consecuencia continuar el proceso resiliente para poder curarse. Es un paso muy importante porque conlleva un conocimiento más profundo de su yo.

Con el autocontrol viene de la mano la calma. Están enraizados, no los mueve el viento o el huracán. Pueden desapegarse emocionalmente de la situación y analizar lo que les está sucediendo. Así se detienen muchas discusiones o peleas que no llevan a ningún lado. No están deseosos de ganar siempre.

Confianza y autoconfianza

Como se conocen, las personas resilientes suelen desarrollar una gran confianza en sí mismas, no se juzgan demasiado duramente, conocen sus límites y también sus virtudes, buscan siempre ser mejores personas y, en general, aprenden de sus propios defectos. Se perdonan y se aman.

Las personas resilientes son empáticas

El conocer su propia humanidad les hace ser comprensivas con los demás, no juzgan y se ponen en el lugar del otro. Pueden entender las motivaciones ajenas, perdonan a los demás. Vamos, no son santos, son humanos que saben que son humanos y que están rodeados de humanos.


Algunos consejos para lograr la resiliencia

Establecer buenas relaciones con tu familia, con tu entorno, tener amigos, es indispensable para un proceso resiliente. Es la red de contención y de apoyo en momentos difíciles. Aceptar su ayuda es vital. Reconocer que la necesitas también.

No veas las crisis y los problemas como obstáculos, sencillamente interprétalos y reacciona ante ellos de otra forma. Claro que hay situaciones oscuras, difíciles, sumamente dolorosas, pero pasados los primeros momentos, “todo pasa”, lo peor y lo mejor. Y esto también pasará.

Cultiva tu interior. En la medida en que empieces a conocerte, tendrás más control sobre tus emociones y reacciones. Hay dos formas de ver y actuar en la vida: de forma reactiva y de forma activa. Siempre hay dos opciones: quejarte de los problemas o buscarles una solución.

Ponte metas realistas y haz cosas que te permitan cumplirlas. Pregúntate sobre aquello que puedes lograr, en lugar de enfocarte en lo más difícil o en lo que sabes que no vas a poder conseguir.

Acepta el cambio. Acepta las circunstancias de tu vida. A partir de allí empezarás a ver mejor el camino.

Mantén las cosas en perspectiva, trata de ver lo que sucede en un contexto más amplio (sí, es difícil pero no imposible). Muchas veces sentimos y pensamos que lo que nos sucede es lo peor que le puede suceder a alguien, pero si vemos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que todo el mundo lidia con el dolor y sale adelante, fortalecido.

Medita. Es una excelente vía de autoconocimiento.

Fuentes: Varias

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